cosas que odio

reflejo

Una cosa que siempre he odiado

de ti: odio que te niegues

a que venga gente a casa. Flaubert

tenía más amigos y Flaubert

era un recluso.

    Flaubert estaba loco: vivía

    con su madre.

Vivir contigo es como vivir

en un internado:

pollo los lunes, pescado los martes.

    Tengo amigos de verdad.

    Soy amiga

    de otros reclusos”.

  Louise Glück

marzo 4, 2017 at 14:03 Deja un comentario

corona y vermouth

 

A SOLAS…

febrero 28, 2017 at 14:34 Deja un comentario

donde habite el olvido

paz-y-olvido

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo solo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allá donde termine ese afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido

Luis Cernuda

febrero 20, 2017 at 12:42 Deja un comentario

a veces, tampoco se pueden soportar

faroleo
«-¿No te parece que el hombre de cuatro piernas suele ser un ser fascinante, de seis u ocho aún puede pasar, pero que cuando tiene una cantidad mayor de extremidades, se vuelve insoportable?
-Oh –dice Naudin limpiándose las gafas- cuatro piernas a veces tampoco se pueden soportar.
-¿Te has vuelto pesimista?
-Todavía no. El verdadero pesimismo empieza cuando dos piernas se vuelven insoportables.
-En efecto. Pero entonces siempre queda una solución, se pueden cortar.
-Se puede, pero uno no lo hace en general y grita que todas las piernas son insoportables.»
Adrjezewsky

febrero 17, 2017 at 13:24 Deja un comentario

desocupado

en-la-bruma
Los que eran mejores que nosotros
vivían cómodamente en casas recién pintadas
con inodoros a botón en todos los baños.
Manejaban autos de modelo y marca
reconocibles.
Los que no tenían trabajo, estaban apenados,
no les iba bien.
Sus autos extraños estaban estacionados
sobre cajones, ‘al fondo’ de casas polvorientas,
donde se amontonaban infinidad de objetos inútiles.
Los años pasan y todo y todos son reemplazados.
Existen siempre, es lo que dicen, nuevas oportunidades.
Pero, para decir la verdad,
a mí nunca me gustó el trabajo.
Mi objetivo era permanecer desocupado.
Ése era mi mérito.
Me gustaba la idea de sentarme en una silla,
hora tras hora, frente a la casa, sin hacer nada
con un sombrero sobre mi cabeza y tomando una gaseosa.
¿Qué hay de malo en eso?
Fumar, escupir de vez en cuando.
Tallar madera con mi cuchillo.
¿Hay daño o maldad en esto?
En ocasiones salgo con mi perro a perseguir conejos.
Tienes que hacerlo alguna vez.
A veces levanto a un chico gordo y rubio como yo,
diciéndole: ‘‘¿de dónde te conozco?’’.
Nunca digas: ‘‘¿Que quieres ser cuando seas grande?’’

Raymond Carver

febrero 10, 2017 at 14:22 Deja un comentario

lo sai

 

Lo sai: debbo riperderti e non posso.
Come un tiro aggiustato mi sommuove
ogni opera, ogni grido e anche lo spiro
salino che straripa
dai moli e fa l’oscura primavera
di Sottoripa.

Paese di ferrame e alberature
a selva nella polvere del vespro.
Un ronzìo lungo viene dall’aperto,
strazia com’unghia ai vetri. Cerco il segno
smarrito, il pegno solo ch’ebbi in grazia
da te.
           E l’inferno è certo.

Eugenio Montale

febrero 3, 2017 at 15:43 Deja un comentario

¿quién eres?


Yo no existía más en los otros, sino sólo en mí mismo. Me parecía que mi misma alma había sido amputada y que me restaba sólo un pedacito, un pequeño centro al cual podía dar todavía el nombre Yo. Me parecía que todos los que pasaban me pedían razón de mi existencia. Me parecía que de todas partes surgían voces urgentes y sorprendidas que preguntaban: “¿Quién es? ¿Quién es usted?” 

Y la única variante residía en el pronombre —en el usted o en el él—, pero todos los que pasaban me arrojaban a la cara la cruel pregunta. 

Entonces todas estas preguntas se fundieron como un coro, se volvieron una sola y enorme pregunta que yo mismo me hacía a mí mismo: ¿Quién eres? ¿Cuándo había tratado de responder a esta pregunta? ¿Cuándo se me había ocurrido confesarme a mí mismo quién era yo? Sabía mi nombre, mi edad, mi patria, mi estatura; conocía algo mi rostro pero menos todavía mi alma. Del futuro, nada sabía; del pasado, no me quedaban más que pálidos bloques de recuerdos yuxtapuestos. Nunca había intentado descubrirme, conocer mi secreto, aseverar cuál era mi verdadero nombre, el nombre de mi raza y no el ficticio y ridículo que me impuso mi padre en la fuente bautismal. 

¿Quién eres?, me pregunté finalmente, y apenas sentí la gravedad y la grandeza de esta pregunta el resto desapareció. No recordó ni los insultos ni las carcajadas ni el abandono de los otros. 

Separado de ellos, me enfrenté conmigo mismo y quise olvidar todo lo que la costumbre y la opinión ajena habían hecho de mi alma. Había vivido hasta entonces de una cierta manera porque los otros me habían guiado o aconsejado, porque se habían formado ciertas ideas sobre mí que me desagradaba desmentir, porque me había encontrado en medio de hombres de quienes, sin darme cuenta, había imitado sus gustos y adoptado sus valores. Ahora ellos renegaban de mí y afirmaban no conocerme, mientras yo renegaba de lo que había en mí de ellos y no quería reconocer como mío lo que ellos me habían impuesto. Y sin miedo, me preguntaba a mí mismo: ¿Quién eres? 

Todas las otras voces se habían callado. Solamente mi pregunta me llenaba el alma. Y durante muchos días viví como en un sueño buscando fatigosamente el hallazgo de una respuesta segura. 

Una noche, mientras soñaba con una multitud de ciegos que caminaban por un prado cubierto de espesas hierbas, insensiblemente, la respuesta surgió de improviso. 

Yo soy alguien para quien los otros no existen. Esta ceguera, esta amnesia de los hombres hacia mí había sido un examen que de ninguna otra manera hubiera podido aprobar. Los hombres no me conocían más pero yo no había sido suprimido. Había vuelto a encontrarme a mí mismo y ahora podía recomenzar mi vida y conocer otros hombres, ya sin temores. 

Giovanni Papini

enero 14, 2017 at 15:31 Deja un comentario

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para pensar…

lux oculórum laetíficat ánimam
«La luz de los ojos es la alegría del alma».
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imperare sibi máximum impérium est
«Gobernarse a sí mismo es el gobierno más difícil». Séneca
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"el valiente vive hasta que el cobarde quiere"
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"Hasta los necios cuando callan parecen sabios"
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nam cítius flammam mortales ore tenebunt, quam secreta tegant.
«Es más fácil que los mortales guarden fuego en sus bocas que un secreto».
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La fe es la pasión por lo posible y la esperanza es el acompañante inseparable de la fe. (Kierkegaard)
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El arte de dirigir consiste en saber cuando hay que abandonar la batuta para no molestar a la orquesta (Herbert Von Karajan).

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