en ese silencio, el amor desaparece

diciembre 27, 2015 at 13:58 Deja un comentario

  
Actualmente la filosofía ya no dice nada del amor, o muy poco. Además, es mejor ese silencio, de tanto que lo maltrata o lo traiciona cuando se arriesga a hablar de él. Casi podría dudarse que los filósofos lo experimenten, si no adivináramos que más bien temen no decir nada sobre él. Y con razón, porque saben mejor que nadie que ya no disponemos de las palabras para decirlo, ni de los conceptos para pensarlo, ni de las fuerzas para celebrarlo. 

De hecho los filósofos lo han dejado en el abandono, lo destituyeron del concepto y finalmente lo arrojaron en los márgenes oscuros e inquietos de su razón suficiente -junto a lo reprimido, lo no-dicho y lo inconfesable. Sin duda, otros discursos pretenden relevar esta desherencia, y a veces lo logran a su manera. La poesía puede decirme lo que experimento sin saber articularlo y me libera así de mi afasia erótica -sin embargo, nunca me hará comprender el amor en su concepto. La novela viene a romper el autismo de mis crisis amorosas, porque las reinserta en una narratividad sociable, plural, pública -pero no me explica lo que me sucede, realmente, a mí. La teología, por su parte, sabe de lo que se trata; pero lo sabe demasiado bien como para evitar imponerme alguna vez una interpretación tan directa mediante la Pasión que llega a anular mis pasiones -sin tomarse el tiempo de hacerle justicia a su fenomenalidad, ni darle un sentido a su inmanencia. 

El psicoanálisis puede resistirse a ese apuro y sabe demorarse entre mis vivencias conscientes y sobre todo inconscientes, pero precisamente para comprobar aún más que sufro de una falta de palabras para decirlas, e incluso que el mismo psicoanálisis carece de conceptos para pensarlas. Con estos esfuerzos debilitados, resulta que el recién llegado, es decir, todos aquellos que aman sin saber bien lo que quiere decir el amor, ni lo que éste les exige, ni sobre todo cómo sobrevivir a él -ustedes y yo primero- se cree condenado a los peores subterfugios: el sentimentalismo efectivamente desesperado de la prosa popular, la pornografía frustrada de la industria de los ídolos o la ideología informe de la plenitud individual, esa asfixia jactanciosa. Así la filosofía se calla y, en ese silencio, el amor desaparece. 
Jean-Luc Marion (el fenómeno erótico)

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