conocer 

noviembre 28, 2015 at 16:48 Deja un comentario

  
Conocer. Recuerdo una vez la luz del sol moteada. Las ventanas daban a un jardín lleno de flores. Desde la puerta del jardín a las ventanas abiertas corría un camino pavimentado y en pendiente, y en la parte superior de la vía se encontraba un triciclo azul listo para emprender el emocionante y vertiginoso recorrido, deslizándose por el camino. Todo lo que tenía que hacer era levantar los pies del suelo y Whoo-llegábamos muy lejos. Había que levantar los pies con elegancia, como en el interior de la sala de estar. 

El salón disponía de enormes sillones desteñidos y de alfombras de colores y montones y montones de libros. Las paredes estaban cubiertas con ellos. Algunos tenían imágenes que podías ver, otros no. Todo debía ser tratado con respeto y nunca roto o doblado o garabateado. Tampoco debíamos comer y dejar que la miga cayera sobre ellos. En medio de los libros se sentaban los adultos.

Los adultos son maravillosos. Beben té, fuman, ríen y hablan todo el tiempo. Las mujeres son hermosas con sus labios y sus uñas rojas. Los hombres son altos y guapos. Todos hacen cosas inteligentes. Escriben libros, componen música y pintan cuadros. Las pinturas arden en las paredes de nuestro apartamento. Mirando hacia atrás, veo un charco de luz solar y en él a una niña. Está vestida con un vestido azul y lleva una blusa de encaje blanco. Se aferra a la falda de su madre. Presa de un súbito ataque de timidez frente a la puerta de la sala, se chupa lentamente el pulgar. Pero entonces, engatusada y animada, se aventura a entrar y es abrazada y besada por un coro femenino. Tengo que pintarla, dice el tío Sameer, mientras se echa el pelo hacia atrás y sonríe. Sí. Los adultos son maravillosos.

Y listos. Y sabios. Pueden hacer cualquier cosa. La niña estaba acostada en su cama. Cada vez que su madre apagaba la luz, una criatura horrible, con brazos largos y curvados, aparecía en el techo de su habitación y ella gritaba. Su madre regresaba y volvía a encender el interruptor, pero ella no podía ver nada. Después de un rato llamaba al padre. Tampoco él podía ver nada, pero se acostaba a su lado. Su madre apagaba la luz y cerraba la puerta. Él pudo ver la criatura en el techo. Es la sombra de una araña. Él la consuela y le muestra cómo se mueve la araña y le explica acerca de la luz y la sombra. Ella está a salvo. 

Ahdaf Soueif 

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para ti (septiembre 2009 12:47) otro país, otro paisaje…

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