miseria de los zapatos

abril 21, 2009 at 21:53 Deja un comentario

 

zapatos

 

“No tiene sentido, decía uno de mis amigos, reflexionar sobre los zapatos”. A mí, sin embargo, siempre me ha gustado mirarlos y reflexionar sobre ellos. Tengo la extraña idea de que las cuestiones más complejas se podrían comparar con los zapatos, y quizás por esto los zapateros son tan a menudo filósofos. Quizás el destino me ha dado esta convicción. Gran parte de mi infancia la he pasado en la cocina de un sótano; la ventana daba a un pasillo encajonado y cerrado por un enrejado, delante de la ventana de la tienda de mi padre. De manera que cuando miraba por la ventana, en lugar de ver -como los niños de una educación superior- la cabeza y el cuerpo de la gente, veía su base. Y conocí a toda clase de tipos sociales, simplemente como zapatos y, más exactamente, como suelas de zapatos. No fue sino más tarde, y no sin estudio, que ajusté a estas bases cabezas, cuerpos y piernas.

Se paraban junto a la tienda botines y zapatos (sin duda alguna con la gente encima): finos y pretenciosos botines de mujer: buenos o malos, unos nuevos y en buen estado, otros desgastados por la marcha, compuestos o para componer; calzados de hombres, bastos o finos, zapatos de goma, de tenis, zuecos. No vi zapatos amarillos, no estaban de moda aún; pero vi. almadreñas. Los zapatos venían y convergían en la ventana, y el desarrollo emocional de estos dúos se expresaba por la agitación continua o por los puntapiés.

… Esto puede, en cierto modo, explicar que me preocupe de los zapatos.

Pero mi amigo creía que no había por qué pensar en los zapatos.

Mi amigo era un novelista realista, y un hombre al que había abandonado toda esperanza. No sé cómo la esperanza había salido de su vida; alguna enfermedad sutil del alma había terminado por quitarle toda iniciativa y la fe en el porvenir, y ahora intentaba vivir los años de ocaso que se abrían delante de él, en una especie de confort libresco, rodeado de cosas que parecían apacibles y bellas, cuando no pensaba en las que son penosas y crueles. Nos cruzó un vagabundo que arrastraba su pierna por el camino.

“Talón torcido”, dije cuando le hubimos pasado; “por estas carreteras mal empedradas nadie va con los pies descalzos”. Mi amigo hizo un gesto hosco y hubo un pequeño silencio entre nosotros. Los dos pensábamos; después de un rato cuando comenzamos a hablar de nuevo, y hasta que se hartó, hicimos el recuento de la miseria de los zapatos.

Estábamos de acuerdo en que para la mayor parte de la gente de este país, los zapatos son constantemente una fuente de aflicción, una causa de sufrimiento de malestar, de disgusto, de inquietud. Para hacernos una idea concreta de la cosa, intentamos estadísticas arriesgadas. “A esta hora”. dije, “una persona de cada diez en estas islas sufre por sus zapatos”.

Mi amigo pensó que más bien era una de cada cinco.

“En la vida de un hombre pobre o de la mujer de éste y más todavía en la vida de sus hijos, esta miseria de los zapatos se presenta y se repite de año en año y de día en día”.

Hicimos una especie de clasificación de estos males. Hay el mal de los zapatos nuevos.

Están hechos de materiales malos, impermeables al aire y, como suele decirse, “pesan en lo pies”.

No están hechos a la medida. Mucha gente se compra zapatos hechos; no pueden pagarse otros, y con la dócil filosofía de la pobreza, los llevan para “hacerse a ellos”. Tienen el pulgar y el dedo pequeño apretados, el empeine del pie oprimido e inflado; y como una especie de acompañamiento crónico de estas presiones, los callos y todas sus miserias. Los pies de los niños están verdaderamente torcidos por este método de adaptar al ser humano a la cosa; y como consecuencia de todo esto, a mucha gente le da vergüenza dejarse ver con los pies descalzos. (Yo tenía la costumbre de invitar a la gente que venía a verme en los días calurosos a jugar al tenis sobre hierba con los pies descalzos -una cosa deliciosa-, pero me di cuenta que muchos estaban molestos al pensar que tenían que exponer dedos torcidos y callos, y otras desgracias de este género).

El tercer mal de los zapatos nuevos es que están mal hechos y con malos materiales, crujen y hacen un insolente comentario sobre el paso de la gente. Pero estos males son pequeños al lado de los que aparecen cuando los zapatos han sido usados. Es entonces cuando aprietan seriamente. De estos males de los zapatos pasados, mi amigo y yo , antes de que él abandonase la partida, habíamos contado tres clases principales:

Existen las diversas clases de irritaciones debidas al roce: la peor, sin duda alguna, es la del talón, cuando algo va mal en la caña, cerca del talón. Cuando era un chiquillo, he tenido que soportar eso días y días, pues no había otros zapatos para mí. Después está la irritación que se produce cuando la plantilla interior del zapato se pliega, muy parecida a la que conocen los pobres por los calcetines zurcidos a menudo y a la ligera. Y después tenemos la irritación de los zapatos hechos que se han comprado un poco anchos o un poco largos, para evitar las apretaduras y los callos. Al cabo de poco tiempo se hace un pliegue a lo ancho de la parte vacía en la parte de delante, y cuando el zapato se acartona por la humedad o por alguna otra causa, la base de los dedos se pellizca. Así, por más que haga, no se librará de ello. Tengo también un recuerdo muy vivo del roce de los nudos que se hacen para arreglar los cordones que se rompen -pues no siempre se pueden comprar cordones nuevos- y que se notan por dentro. Y finalmente el roce de la lengüeta que se pliega.

Después están las miserias que proceden del desgaste de la suela. Está la torcedura del tobillo porque ya no hay tacón y la sensación de que no se está seguro: igualmente la desagradable sensación de que no se tiene buena presencia de espaldas, que mucha gente debe soportar.

Me es casi siempre penoso andar detrás de las chicas jóvenes que van a su trabajo, que tienen que andar mucho para ir y volver y usan mucho sus zapatos, porque sus tacones parecen estar siempre torcidos. Las jóvenes deberían estar siempre bonitas; y la mayor parte podrían estarlo si no fuese por sus pobres pies torcidos, la gracia de sus andares echados a perder y esa especie de desviación de columna vertebral, todo lo cual me afecta y hace que me ponga furioso con un mundo que las trata así. Y después están los clavos que salen, los clavos de los zapatos. Se esfuerza uno en marchar valientemente, con la esperanza de encontrar pronto un rincón tranquilo y un momento favorable para remachar su clavo. En tercer lugar coloco en este capítulo la suela que golpea. Mis zapatos terminaban siempre por ahí; gastaba primero la delantera y la suela se volvía de delante hacia atrás. Cuando se anda se pone a raspar el suelo. Se dan pasos fantásticos para evitar esto; uno se siente horriblemente avergonzado. Al final hay que sentarse descaradamente en el borde del camino y cortar lo que sale.

Nuestra tercera clase de miseria fue la de las grietas y vías de agua. Sobre todo son sufrimientos morales, la humillación de ver esta horrible abertura entre la parte que cubre los dedos y lo alto de los zapatos, por ejemplo; pero además hay que relacionarlo con los enfriamientos, los catarros, y una larga serie de consecuencias desagradables.

Hablamos también de la miseria de sentarse a su trabajo (como lo hacen tantos escolares en Londres todos los días de lluvia) con la suela de los zapatos gastada y agujereada, que ha cogido agua, y de constiparse…

Y de estos ejemplos, mi pensamiento iba a otros. Hice un descubrimiento. Siempre había censurado a la gran masa de pobres londinenses por no pasar los domingos y días de fiesta en hacer buenas marchas, el mejor de los ejercicios. Me había permitido decir un día a Margate: “¡Qué idiotas son todos estos jóvenes que no paran de dar vueltas alrededor de los quioscos de música, en lugar de corretear por las colinas de Kent!”. Pero me he arrepentido de estas palabras. ¡Grandes correrías!. Sus zapatos le hubieran hecho daño. Sus zapatos no hubieran resistido. Lo comprendí todo.

Pero mis palabras iban más lejos. Ex pede Herculem, dije: estas miserias de los zapatos no son más que un ejemplo. Los vestidos que lleva la gente no son mejores que sus zapatos, y las casas donde viven son muchos peores, ¡Y pensar en el triste almacén de ideas, con errores y prejuicios, donde sus pobres espíritus han sido ahogados por su educación!. ¡Piense en la manera que esto les abruma y les irrita!. Si alguien expusiera la miseria de estas cosas… Piense un momento en los resultados de una alimentación pobre, malsana, mala; en los ojos, en las orejas, en los dientes mal cuidados!. ¡Piense en la cantidad de dolores de muelas

“¡Le digo que no hay que pensar en esas cosas!”, gemía mi amigo, con acento de desesperación; y no quiso oír nada más a ningún precio…

¡Y pensar que en otro tiempo había escrito libros llenos de estas mismas preguntas, antes de que la desesperación le hubiese hundido!

Conozco una persona, otro de mis amigos, que puede atestiguarlo, que ha conocido todas las miserias de los zapatos y que, ahora, las ha superado, pero no las ha olvidado. Una buena oportunidad, puede que ayudada de una cierta habilidad por su parte, le ha elevado de la clase donde uno se compra sus zapatos y sus trajes de lo que queda de 280 pesetas por semana, a aquella donde se gastan de 30.000 a 40.000 pesetas al año (1) en vestirse a veces se los manda hacer a medida, los guarda en un armario conveniente y tiene gran cuidado con ellos; de manera que sus botines, sus zapatos, sus zapatillas no rozan, ni aprietan, ni crujen, ni le hacen daño ni le incomodan, ni le molestan nunca, y cuando extiende sus pies delante del fuego no le recuerdan que es un pobre diablo, buscando su endeble vida en las sobras del mundo. Se imaginarán que tiene todas las razones posibles para felicitarse y ser dichoso, viendo que han llegado los días buenos después de los malos. Pero, tal es la rareza del corazón humano, no está contento en absoluto. El pensamiento de que tantos están peor que él en esta cuestión del calzado no le da ninguna satisfacción. Sus zapatos le hacen daño por mandato.

La cólera que ha conocido otras veces, sufriendo él mismo, cuando arrastraba tristemente los pies a través de la animación alegre de los barrios elegantes de Londres, metidos en zapatos que le hacían daño, la siente igualmente viva ahora que anda bien a gusto, per entre gente de la que sabe, con una inexorable clarividencia, que sufren de una manera casi intolerable. No tiene la optimista ilusión de que las cosas van bien para ellos. La gente estúpida que ha estado siempre acomodada, que ha tenido siempre buenos zapatos, pueden pensar así, pero él no. En cierto sentido el pensamiento de los zapatos le enoja más que antes. Antes estaba descontento de su suerte, pero descontento sin esperanza; pensaba que los zapatos malos, los vestidos feos y modestos, las casas enmohecidas, formaban parte de la naturaleza de las cosas. Ahora, si ve a un niño que llora o refunfuña y tropieza en el pavimento, o a una vieja campesina arrastrarse penosamente a lo largo de un sendero, no ve ya en ello la garra del Destino. Su cólera está iluminada por el pensamiento de que hay locos en este mundo que hubieran debido prever e impedir esto. No maldice más el destino, sino la imbecilidad de los hombres de Estado y de la gente poderosa y responsable, que no han tenido ni el coraje ni la valentía ni la intención de cambiar la mala organización que nos da estas cosas.

No crean que insisto sin razón sobre la buena suerte de mi segundo amigo, si les digo que antes estaba siempre fastidiado y con el ánimo triste, que cogía resfriados a causa de sus malos trajes, sentía vergüenza de su apariencia sórdida, que sufría con sus dientes mal cuidados y con una alimentación mediocre, tomada a malas horas, con la casa fea y malsana de donde vivía y con el aire corrompido de ese barrio de Londres, con cosas que en verdad, están muy por encima del poder de un pobre hombre sobrecargado de trabajo el poder remediarlas, si no se le ayuda… Y ahora todas estas cosas enojosas han salido de su vida; ha consultado dentistas y médicos, no tiene casi días ensombrecidos por resfriados, no tiene absolutamente ningún dolor de muelas ni indigestiones.

Mi intención, al contar la buena suerte de este hombre afortunado, no es otra que demostrar que esta miseria de los zapatos no es una maldición inevitable lanzada sobre la humanidad. Si puede escapar uno, los demás también. Sería completamente abolida, si se considerara con interés. Si usted sufre, o, lo que es más importante para la mayor parte de los hombres, si alguien a quien usted quiere o sufre por los zapatos, porque le hacen daño o porque son muy feos y no puede hacer nada para remediarlo, es simplemente que le ha tocado el lado malo de un mundo mal gobernado. No todos están en el mismo caso.

Y esto que he dicho de los zapatos es verdad respecto a todas las otras pequeñas cosas de la vida. Si su mujer coge un resfriado fuerte porque sus zapatos son demasiados finos para la estación, o no tiene ganas de salir porque está muy mal vestida; si sus hijos están afeados por bultos, o por trajes sucios, viejos y que no son de sus talla; si es taciturno y dispuesto a pelearse con cualquiera no acepte creer la pesada broma de que ese es el triste destino de la humanidad. Esas gentes que usted quiere viven en un mundo mal repartido del que solo conocen el lado malo, y todas esas desgracias son la demostración cotidiana.

Y no diga: “Es la vida”. No crea que esas miserias sean el resultado de una maldición inevitable. La prueba de lo contrario la vemos claramente Hay gentes, no más merecedoras que otras, que no sufren ninguna de estas cosas. Puede tener la idea de que usted no merece más que una vida miserable y pobre en la que sus zapatos le harán siempre daño; pero ¿es que los niños, las jóvenes y toda la multitud de pobres y honestas gentes no merecen nada mejor?

 

Artículo creado por H. G. Wells. Extraido de: http://www.lainsignia.org

 

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