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cada cual, con su quimera
un cardo, sin una ortiga, tropecé con muchos hombres que caminaban encorvados.
Llevaba cada cual, a cuestas, una quimera enorme, tan pesada como un saco de harina
o de carbón, o la mochila de un soldado de infantería romana.
Pero el monstruoso animal no era un peso inerte; envolvía y oprimía, por el contrario,
al hombre, con sus músculos elásticos y poderosos; prendíase con sus dos vastas garras al
pecho de su montura, y su cabeza fabulosa dominaba la frente del hombre, como uno de
aquellos cascos horribles con que los guerreros antiguos pretendían aumentar el terror de
sus enemigos.
Interrogué a uno de aquellos hombres preguntándole adónde iban de aquel modo. Me
contestó que ni él ni los demás lo sabían; pero que, sin duda, iban a alguna parte, ya que
les impulsaba una necesidad invencible de andar.
Observación curiosa: ninguno de aquellos viajeros parecía irritado contra el furioso
animal, colgado de su cuello y pegado a su espalda; hubiérase dicho que lo consideraban
como parte de sí mismos. Tantos rostros fatigados y serios, ninguna desesperación
mostraban; bajo la capa esplenética del cielo, hundidos los pies en el polvo de un suelo
tan desolado como el cielo mismo, caminaban con la faz resignada de los condenados a
esperar siempre.
Y el cortejo pasó junto a mí, y se hundió en la atmósfera del horizonte, por el lugar
donde la superficie redondeada del planeta se esquiva a la curiosidad del mirar humano.
Me obstiné unos instantes en querer penetrar el misterio; mas pronto la irresistible
indiferencia se dejó caer sobre mí, y me quedó más profundamente agobiado que los otros
con sus abrumadoras quimeras.
Charles Baudelaire
Add comment Junio 27, 2009

