Archive for Abril 2009

hace falta tiempo

1 comment Abril 30, 2009

¿volver?

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¿Volver? Vuelva el que tenga,

Tras largos años, tras largo viaje,

Cansancio del camino y la codicia

De su tierra, su casa, sus amigos,

Del amor que al regreso fiel le espere.

 

Mas, ¿tu? ¿Volver? Regresar no piensas,

Sino seguir libre adelante,

Disponible por siempre, mozo o viejo,

Sin hijo que te busque, como a Ulises,

Sin Ítaca que aguarde y sin Penélope.

 

Sigue, sigue adelante y no regreses,

Fiel hasta el fin del camino y tu vida,

No eches de menos un destino más fácil,

Tus pies sobre la tierra antes no hollada,

Tus ojos frente a lo antes nunca visto.

 

Luis Cernuda

Add comment Abril 26, 2009

miseria de los zapatos

 

zapatos

 

“No tiene sentido, decía uno de mis amigos, reflexionar sobre los zapatos”. A mí, sin embargo, siempre me ha gustado mirarlos y reflexionar sobre ellos. Tengo la extraña idea de que las cuestiones más complejas se podrían comparar con los zapatos, y quizás por esto los zapateros son tan a menudo filósofos. Quizás el destino me ha dado esta convicción. Gran parte de mi infancia la he pasado en la cocina de un sótano; la ventana daba a un pasillo encajonado y cerrado por un enrejado, delante de la ventana de la tienda de mi padre. De manera que cuando miraba por la ventana, en lugar de ver -como los niños de una educación superior- la cabeza y el cuerpo de la gente, veía su base. Y conocí a toda clase de tipos sociales, simplemente como zapatos y, más exactamente, como suelas de zapatos. No fue sino más tarde, y no sin estudio, que ajusté a estas bases cabezas, cuerpos y piernas.

Se paraban junto a la tienda botines y zapatos (sin duda alguna con la gente encima): finos y pretenciosos botines de mujer: buenos o malos, unos nuevos y en buen estado, otros desgastados por la marcha, compuestos o para componer; calzados de hombres, bastos o finos, zapatos de goma, de tenis, zuecos. No vi zapatos amarillos, no estaban de moda aún; pero vi. almadreñas. Los zapatos venían y convergían en la ventana, y el desarrollo emocional de estos dúos se expresaba por la agitación continua o por los puntapiés.

… Esto puede, en cierto modo, explicar que me preocupe de los zapatos.

Pero mi amigo creía que no había por qué pensar en los zapatos.

Mi amigo era un novelista realista, y un hombre al que había abandonado toda esperanza. No sé cómo la esperanza había salido de su vida; alguna enfermedad sutil del alma había terminado por quitarle toda iniciativa y la fe en el porvenir, y ahora intentaba vivir los años de ocaso que se abrían delante de él, en una especie de confort libresco, rodeado de cosas que parecían apacibles y bellas, cuando no pensaba en las que son penosas y crueles. Nos cruzó un vagabundo que arrastraba su pierna por el camino.

“Talón torcido”, dije cuando le hubimos pasado; “por estas carreteras mal empedradas nadie va con los pies descalzos”. Mi amigo hizo un gesto hosco y hubo un pequeño silencio entre nosotros. Los dos pensábamos; después de un rato cuando comenzamos a hablar de nuevo, y hasta que se hartó, hicimos el recuento de la miseria de los zapatos.

Estábamos de acuerdo en que para la mayor parte de la gente de este país, los zapatos son constantemente una fuente de aflicción, una causa de sufrimiento de malestar, de disgusto, de inquietud. Para hacernos una idea concreta de la cosa, intentamos estadísticas arriesgadas. “A esta hora”. dije, “una persona de cada diez en estas islas sufre por sus zapatos”.

Mi amigo pensó que más bien era una de cada cinco.

“En la vida de un hombre pobre o de la mujer de éste y más todavía en la vida de sus hijos, esta miseria de los zapatos se presenta y se repite de año en año y de día en día”.

Hicimos una especie de clasificación de estos males. Hay el mal de los zapatos nuevos.

Están hechos de materiales malos, impermeables al aire y, como suele decirse, “pesan en lo pies”.

No están hechos a la medida. Mucha gente se compra zapatos hechos; no pueden pagarse otros, y con la dócil filosofía de la pobreza, los llevan para “hacerse a ellos”. Tienen el pulgar y el dedo pequeño apretados, el empeine del pie oprimido e inflado; y como una especie de acompañamiento crónico de estas presiones, los callos y todas sus miserias. Los pies de los niños están verdaderamente torcidos por este método de adaptar al ser humano a la cosa; y como consecuencia de todo esto, a mucha gente le da vergüenza dejarse ver con los pies descalzos. (Yo tenía la costumbre de invitar a la gente que venía a verme en los días calurosos a jugar al tenis sobre hierba con los pies descalzos -una cosa deliciosa-, pero me di cuenta que muchos estaban molestos al pensar que tenían que exponer dedos torcidos y callos, y otras desgracias de este género).

El tercer mal de los zapatos nuevos es que están mal hechos y con malos materiales, crujen y hacen un insolente comentario sobre el paso de la gente. Pero estos males son pequeños al lado de los que aparecen cuando los zapatos han sido usados. Es entonces cuando aprietan seriamente. De estos males de los zapatos pasados, mi amigo y yo , antes de que él abandonase la partida, habíamos contado tres clases principales:

Existen las diversas clases de irritaciones debidas al roce: la peor, sin duda alguna, es la del talón, cuando algo va mal en la caña, cerca del talón. Cuando era un chiquillo, he tenido que soportar eso días y días, pues no había otros zapatos para mí. Después está la irritación que se produce cuando la plantilla interior del zapato se pliega, muy parecida a la que conocen los pobres por los calcetines zurcidos a menudo y a la ligera. Y después tenemos la irritación de los zapatos hechos que se han comprado un poco anchos o un poco largos, para evitar las apretaduras y los callos. Al cabo de poco tiempo se hace un pliegue a lo ancho de la parte vacía en la parte de delante, y cuando el zapato se acartona por la humedad o por alguna otra causa, la base de los dedos se pellizca. Así, por más que haga, no se librará de ello. Tengo también un recuerdo muy vivo del roce de los nudos que se hacen para arreglar los cordones que se rompen -pues no siempre se pueden comprar cordones nuevos- y que se notan por dentro. Y finalmente el roce de la lengüeta que se pliega.

Después están las miserias que proceden del desgaste de la suela. Está la torcedura del tobillo porque ya no hay tacón y la sensación de que no se está seguro: igualmente la desagradable sensación de que no se tiene buena presencia de espaldas, que mucha gente debe soportar.

Me es casi siempre penoso andar detrás de las chicas jóvenes que van a su trabajo, que tienen que andar mucho para ir y volver y usan mucho sus zapatos, porque sus tacones parecen estar siempre torcidos. Las jóvenes deberían estar siempre bonitas; y la mayor parte podrían estarlo si no fuese por sus pobres pies torcidos, la gracia de sus andares echados a perder y esa especie de desviación de columna vertebral, todo lo cual me afecta y hace que me ponga furioso con un mundo que las trata así. Y después están los clavos que salen, los clavos de los zapatos. Se esfuerza uno en marchar valientemente, con la esperanza de encontrar pronto un rincón tranquilo y un momento favorable para remachar su clavo. En tercer lugar coloco en este capítulo la suela que golpea. Mis zapatos terminaban siempre por ahí; gastaba primero la delantera y la suela se volvía de delante hacia atrás. Cuando se anda se pone a raspar el suelo. Se dan pasos fantásticos para evitar esto; uno se siente horriblemente avergonzado. Al final hay que sentarse descaradamente en el borde del camino y cortar lo que sale.

Nuestra tercera clase de miseria fue la de las grietas y vías de agua. Sobre todo son sufrimientos morales, la humillación de ver esta horrible abertura entre la parte que cubre los dedos y lo alto de los zapatos, por ejemplo; pero además hay que relacionarlo con los enfriamientos, los catarros, y una larga serie de consecuencias desagradables.

Hablamos también de la miseria de sentarse a su trabajo (como lo hacen tantos escolares en Londres todos los días de lluvia) con la suela de los zapatos gastada y agujereada, que ha cogido agua, y de constiparse…

Y de estos ejemplos, mi pensamiento iba a otros. Hice un descubrimiento. Siempre había censurado a la gran masa de pobres londinenses por no pasar los domingos y días de fiesta en hacer buenas marchas, el mejor de los ejercicios. Me había permitido decir un día a Margate: “¡Qué idiotas son todos estos jóvenes que no paran de dar vueltas alrededor de los quioscos de música, en lugar de corretear por las colinas de Kent!”. Pero me he arrepentido de estas palabras. ¡Grandes correrías!. Sus zapatos le hubieran hecho daño. Sus zapatos no hubieran resistido. Lo comprendí todo.

Pero mis palabras iban más lejos. Ex pede Herculem, dije: estas miserias de los zapatos no son más que un ejemplo. Los vestidos que lleva la gente no son mejores que sus zapatos, y las casas donde viven son muchos peores, ¡Y pensar en el triste almacén de ideas, con errores y prejuicios, donde sus pobres espíritus han sido ahogados por su educación!. ¡Piense en la manera que esto les abruma y les irrita!. Si alguien expusiera la miseria de estas cosas… Piense un momento en los resultados de una alimentación pobre, malsana, mala; en los ojos, en las orejas, en los dientes mal cuidados!. ¡Piense en la cantidad de dolores de muelas

“¡Le digo que no hay que pensar en esas cosas!”, gemía mi amigo, con acento de desesperación; y no quiso oír nada más a ningún precio…

¡Y pensar que en otro tiempo había escrito libros llenos de estas mismas preguntas, antes de que la desesperación le hubiese hundido!

Conozco una persona, otro de mis amigos, que puede atestiguarlo, que ha conocido todas las miserias de los zapatos y que, ahora, las ha superado, pero no las ha olvidado. Una buena oportunidad, puede que ayudada de una cierta habilidad por su parte, le ha elevado de la clase donde uno se compra sus zapatos y sus trajes de lo que queda de 280 pesetas por semana, a aquella donde se gastan de 30.000 a 40.000 pesetas al año (1) en vestirse a veces se los manda hacer a medida, los guarda en un armario conveniente y tiene gran cuidado con ellos; de manera que sus botines, sus zapatos, sus zapatillas no rozan, ni aprietan, ni crujen, ni le hacen daño ni le incomodan, ni le molestan nunca, y cuando extiende sus pies delante del fuego no le recuerdan que es un pobre diablo, buscando su endeble vida en las sobras del mundo. Se imaginarán que tiene todas las razones posibles para felicitarse y ser dichoso, viendo que han llegado los días buenos después de los malos. Pero, tal es la rareza del corazón humano, no está contento en absoluto. El pensamiento de que tantos están peor que él en esta cuestión del calzado no le da ninguna satisfacción. Sus zapatos le hacen daño por mandato.

La cólera que ha conocido otras veces, sufriendo él mismo, cuando arrastraba tristemente los pies a través de la animación alegre de los barrios elegantes de Londres, metidos en zapatos que le hacían daño, la siente igualmente viva ahora que anda bien a gusto, per entre gente de la que sabe, con una inexorable clarividencia, que sufren de una manera casi intolerable. No tiene la optimista ilusión de que las cosas van bien para ellos. La gente estúpida que ha estado siempre acomodada, que ha tenido siempre buenos zapatos, pueden pensar así, pero él no. En cierto sentido el pensamiento de los zapatos le enoja más que antes. Antes estaba descontento de su suerte, pero descontento sin esperanza; pensaba que los zapatos malos, los vestidos feos y modestos, las casas enmohecidas, formaban parte de la naturaleza de las cosas. Ahora, si ve a un niño que llora o refunfuña y tropieza en el pavimento, o a una vieja campesina arrastrarse penosamente a lo largo de un sendero, no ve ya en ello la garra del Destino. Su cólera está iluminada por el pensamiento de que hay locos en este mundo que hubieran debido prever e impedir esto. No maldice más el destino, sino la imbecilidad de los hombres de Estado y de la gente poderosa y responsable, que no han tenido ni el coraje ni la valentía ni la intención de cambiar la mala organización que nos da estas cosas.

No crean que insisto sin razón sobre la buena suerte de mi segundo amigo, si les digo que antes estaba siempre fastidiado y con el ánimo triste, que cogía resfriados a causa de sus malos trajes, sentía vergüenza de su apariencia sórdida, que sufría con sus dientes mal cuidados y con una alimentación mediocre, tomada a malas horas, con la casa fea y malsana de donde vivía y con el aire corrompido de ese barrio de Londres, con cosas que en verdad, están muy por encima del poder de un pobre hombre sobrecargado de trabajo el poder remediarlas, si no se le ayuda… Y ahora todas estas cosas enojosas han salido de su vida; ha consultado dentistas y médicos, no tiene casi días ensombrecidos por resfriados, no tiene absolutamente ningún dolor de muelas ni indigestiones.

Mi intención, al contar la buena suerte de este hombre afortunado, no es otra que demostrar que esta miseria de los zapatos no es una maldición inevitable lanzada sobre la humanidad. Si puede escapar uno, los demás también. Sería completamente abolida, si se considerara con interés. Si usted sufre, o, lo que es más importante para la mayor parte de los hombres, si alguien a quien usted quiere o sufre por los zapatos, porque le hacen daño o porque son muy feos y no puede hacer nada para remediarlo, es simplemente que le ha tocado el lado malo de un mundo mal gobernado. No todos están en el mismo caso.

Y esto que he dicho de los zapatos es verdad respecto a todas las otras pequeñas cosas de la vida. Si su mujer coge un resfriado fuerte porque sus zapatos son demasiados finos para la estación, o no tiene ganas de salir porque está muy mal vestida; si sus hijos están afeados por bultos, o por trajes sucios, viejos y que no son de sus talla; si es taciturno y dispuesto a pelearse con cualquiera no acepte creer la pesada broma de que ese es el triste destino de la humanidad. Esas gentes que usted quiere viven en un mundo mal repartido del que solo conocen el lado malo, y todas esas desgracias son la demostración cotidiana.

Y no diga: “Es la vida”. No crea que esas miserias sean el resultado de una maldición inevitable. La prueba de lo contrario la vemos claramente Hay gentes, no más merecedoras que otras, que no sufren ninguna de estas cosas. Puede tener la idea de que usted no merece más que una vida miserable y pobre en la que sus zapatos le harán siempre daño; pero ¿es que los niños, las jóvenes y toda la multitud de pobres y honestas gentes no merecen nada mejor?

 

Artículo creado por H. G. Wells. Extraido de: http://www.lainsignia.org

 

Add comment Abril 21, 2009

que se cierre esa puerta

 

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Que se cierre esa puerta
que no me deja estar a solas con tus besos.
Que se cierre esa puerta
por donde campos, sol y rosas quieren vernos.
Esa puerta por donde
la cal azul de los pilares entra
a mirar como niños maliciosos
la timidez de nuestras dos caricias
que no se dan porque la puerta, abierta…

Por razones serenas
pasamos largo tiempo a puerta abierta.
Y arriesgado es besarse
y oprimirse las manos, ni siquiera
mirarse demasiado, ni siquiera
callar en buena lid…

Pero en la noche
la puerta se echa encima de sí misma
y se cierra tan ciega y claramente
que nos sentimos ya, tú y yo, en campo abierto,
escogiendo caricias como joyas
ocultas en las noches con jardines
puestos en las rodillas de los montes,
pero solos tú y yo.
La mórbida penumbra
enlaza nuestros cuerpos y saquea
mi inédita ternura,
la fuerza de mis brazos que te agobian
tan dulcemente, el gran beso insaciable
que se bebe a sí mismo
y en su espacio redime
lo pequeño de ilímites distancias…

Dichosa puerta que nos acompañas
cerrada, en nuestra dicha. Tu obstrucción
es la liberación de estas dos cárceles;
la escapatoria de las dos pisadas
idénticas que saltan a la nube
de la que se regresa en la mañana.

 

Carlos Pellicer

Add comment Abril 18, 2009

generacion espontánea

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Este día nublado invita al odio,
predispone a estar triste sin motivo,
a insistir por capricho en el dolor.
Y sin embargo el viento, y esta lluvia,
suenan hoy en mi alma de una forma
que a mí mismo me asombra, y hallo paz
en las cosas que ayer me perturbaban,
y hasta el negro del cielo me parece
un hermoso color.

Cuando no soportamos la tristeza,
a menudo nos salva una alegría
que nace de sí misma sin motivo,
y esa dicha es tan rara, y es tan pura,
como la flor que crece sobre el agua:
sin raíz ni cuidados que atenúen
nuestro limpio estupor.

 Vicente Gallego

Add comment Abril 16, 2009

¿puedes quedarte?

1 comment Abril 11, 2009

cerré mi puerta al mundo

calvario 

Cerré mi puerta al mundo;
se me perdió la carne por el sueño…
Me quedé, interno, mágico, invisible,
desnudo como un ciego.

Lleno hasta el mismo borde de los ojos,
me iluminé por dentro.

Trémulo, transparente,
me quedé sobre el viento,
igual que un vaso limpio
de agua pura,
como un ángel de vidrio
en un espejo.

Emilio Prados

 

Add comment Abril 10, 2009

confianza

007

 

Confianza en el anteojo, no en el ojo;
en la escalera, nunca en el peldaño;
en el ala, no en el ave
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.
Confianza en la maldad, no en el malvado;
en el vaso, más nunca en el licor;
en el cadáver, no en el hombre
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.

Confianza en muchos, pero ya no en uno;
en el cauce, jamás en la corriente;
en los calzones, no en las piernas
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.

Confianza en la ventana, no en la puerta;
en la madre, más no en los nueve meses;
en el destino, no en el dado de oro,
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.

 

 

Cesar  Vallejp

Add comment Abril 9, 2009

significa sombras

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¿Qué esperanza considerar, qué presagio puro,
qué definitivo beso enterrar en el corazón,
someter en los orígenes del desamparo y la inteligencia,
suave y seguro sobre las aguas eternamente turbadas?

¿Qué vitales, rápidas alas de un nuevo ángel de sueños
instalar en mis hombros dormidos para seguridad perpetua,
de tal manera que el camino entre las estrellas de la muerte
sea un violento vuelo comenzado desde hace muchos días y meses y siglos?

Tal vez la debilidad natural de los seres recelosos y ansiosos
busca de súbito permanencia en el tiempo y límites en la tierra,
tal vez las fatigas y las edades acumuladas implacablemente
se extienden como la ola lunar de un océano recién creado
sobre litorales y tierras angustiosamente desiertas.

Ay, que lo que soy siga existiendo y cesando de existir,
y que mi obediencia se ordene con tales condiciones de hierro
que el temblor de las muertes y de los nacimientos no conmueva
el profundo sitio que quiero reservar para mí eternamente.

Sea, pues, lo que soy, en alguna parte y en todo tiempo,
establecido y asegurado y ardiente testigo,
cuidadosamente destruyéndose y preservándose incesantemente,
evidentemente empeñado en su deber original.

RESIDENCIA EN LA TIERRA Pablo Neruda

Add comment Abril 8, 2009

el pensamiento se hizo espeso

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El pensamiento del león se hizo espeso. Como una mancha de aceite grueso. Luego la arrastró al lugar más hondo de la cueva. Le lamió la cara. Ella se sonrió. Le hizo los mimos íntimos muy adentro. La médula de ella dijo ¡ay!…¡aaaay!.. Cantó cual mandolina, se la oyó en el aire. Ahí le comió la cabeza. De golpe y a pedacitos. Luego, le durmió un rato sobre el corazón.

Marosa di Giorgio
Camino de las pedrerías

Add comment Abril 7, 2009

miedo

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Miedo de ver una patrulla policial detenerse frente a la casa.

Miedo de quedarme dormido durante la noche.

Miedo de no poder dormir.

Miedo de que el pasado regrese.

Miedo de que el presente tome vuelo.

Miedo del teléfono que suena en el silencio de la noche muerta.

Miedo a las tormentas eléctricas.

Miedo de la mujer de servicio que tiene una cicatriz en la mejilla.

Miedo a los perros aunque me digan que no muerden.

¡Miedo a la ansiedad!

Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.

Miedo de quedarme sin dinero.

Miedo de tener mucho, aunque sea difícil de creer.

Miedo a los perfiles psicológicos.

Miedo a llegar tarde y de llegar antes que cualquiera.

Miedo a ver la escritura de mis hijos en la cubierta de un sobre.

Miedo a verlos morir antes que yo, y me sienta culpable.

Miedo a tener que vivir con mi madre durante su vejez, y la mía.

Miedo a la confusión.

Miedo a que este día termine con una nota triste.

Miedo a despertarme y ver que te has ido.

Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado.

Miedo a que lo que ame sea letal para aquellos que amo.

Miedo a la muerte.

Miedo a vivir demasiado tiempo.

Miedo a la muerte.

Ya dije eso.

Raymond Carver

 

 

Add comment Abril 3, 2009


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"el valiente vive hasta que el cobarde quiere"
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"Hasta los necios cuando callan parecen sabios"
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nam cítius flammam mortales ore tenebunt, quam secreta tegant.
«Es más fácil que los mortales guarden fuego en sus bocas que un secreto».
___
La fe es la pasión por lo posible y la esperanza es el acompañante inseparable de la fe. (Kierkegaard)
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El arte de dirigir consiste en saber cuando hay que abandonar la batuta para no molestar a la orquesta (Herbert Von Karajan).

 

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