Archive for 16/06/08
sobre “el talante”
Extremos a que ha llegado el talante
FÉLIX De Azúa (publicado en El Periodico 14/6/08)
Lo venía observando desde la cafetería donde cada mañana leo la prensa. Era un mendigo gentil que pedía con mirada virginal y sonrisa leve a la puerta de una oficina de La Caixa, lugar idóneo para agobiar conciencias. Sin embargo, un desagüe de aire acondicionado dejaba caer sobre su cabeza una gota cruel e implacable cada 40 o 50 segundos.
Cuando la gota rompía en su cráneo, fruncía el ceño, cerraba un ojo y dirigía el otro a lo alto. De inmediato recuperaba el aplomo y seguía impertérrito pidiendo el favor de la gente. Una vez concluido el diario de la burguesía catalana, que es el que más voluptuosidad me produce, le abordé movido por una curiosidad irresistible. “Perdone, caballero, le dije, ¿no se sentiría usted algo aliviado si diera un paso a la izquierda o a la derecha?” Al principio se hizo el sueco y siguió sonriendo con aquel rictus y aquellos ojos que helaban el alma. Insistí. “¿No sería razonable que la gota no le cayera en picado sobre la cabeza?”
Dada su elegancia casi atildada, no puedo decir que contestara mal, pero sí con un deje de impaciencia, como si hablara con un chiquillo. “¿Qué gota?”, dijo. “Haga el favor de apartarse, que me espanta a la gente de buen corazón”. Dejé un euro en la caja de tabacos forrada de seda azul celeste y me fui a mis cosas.
Por la tarde, de regreso en el barrio, pasé de nuevo ante el mendigo y me asombró verle impávido, escultural y totalmente empapado. La gota había ya mojado por completo su chaqueta, modesta pero de buen corte, y la mancha de humedad se escurría del cuello al cinto. No pude contenerme y fui hacia él con un euro en los dedos para no levantar recelos. “Le veo a usted francamente calado, buen hombre. Como siga debajo de la gota acabará por enfermar y ¿a quién le daremos limosna?”, imploré. Fue peor. “¡Pero qué manía con la gota! ¡Le reconozco e identifico! ¡Es usted el que ya trató de infundir desánimo, desmoralización y pesimismo esta mañana! ¡Como siga por ese camino va a incurrir en alarma social!” Me fui muy abatido. Daba espanto verle y los niños rompían a llorar al divisarlo.
Add comment Junio 16, 2008
sobre el amor propio y la pasión
François La Rochefoucauld
De Reflexiones o sentencias y máximas morales
El amor propio es el mayor de los aduladores.
Por muchos descubrimientos que hayamos hecho en el país del amor propio, siempre quedarán muchas tierras desconocidas.
El amor propio es más ingenioso que el hombre más ingenioso de este mundo.
La duración de nuestras pasiones depende tan poco de nosotros como la duración de nuestra vida.
La pasión a menudo convierte en loco al más sensato de los hombres, y a menudo también hace sensatos a los más locos.
Esas acciones grandiosas y espléndidas que deslumbran, según los políticos son efecto de grandes designios, pero por lo común tan solo son efecto del talante y de las pasiones. Así, la guerra de Augusto con Antonio, que se atribuye a la ambición de ambos por llegar a ser dueños del mundo, tal vez no fue más que una consecuencia de la envidia.
Las pasiones son los únicos oradores que siempre persuaden. Son como un arte de la naturaleza cuyas reglas son infalibles; y el hombre más romo cuando le domina la pasión persuade mejor que el más elocuente que carece de ella.
Las pasiones contienen una injusticia y un interés propio que hace que sea peligroso seguirlas, y que convenga desconfiar de ellas, incluso cuando parecen muy razonables.
Existe en el corazón humano una generación perpetua de pasiones, de tal manera que la ruina de una coincide casi siempre con el advenimiento de otra.
Las pasiones engendran a menudo otras que son sus contrarias: la avaricia produce a veces la prodigalidad, y la prodigalidad la avaricia; a menudo somos firmes por ser débiles, y audaces por cobardía.
Por mucho que nos esforcemos por cubrir las pasiones con apariencias de piedad y de honor, siempre se manifiestan a través de esos velos.
Nuestro amor propio sufre con mayor impaciencia la condenación de nuestras aficiones que la de nuestras pasiones.
No sólo los hombres tienden a perder el recuerdo de los beneficios y de las injurias, sino que incluso odian a sus benefactores y dejan de odiar a quien los ofendió. La perseverancia en recompensar el bien y vengarse del mal les parece una servidumbre demasiado gravosa.
La clemencia de los príncipes a menudo no es más que política para ganarse el afecto de los pueblos.
Esa clemencia, de la que se hace una virtud, a veces se practica por vanidad, otras por pereza, a menudo por miedo, y casi siempre por esas tres razones juntas.
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